7 Cuentos Cantonales





Panorámica de Cartagena desde La Mota. J.Laurent, 1872. (Las marcas corresponden a los lugares donde aparecen personas).
Una de las primeras y más conocidas fotografías de Cartagena es la panorámica que J.Laurent realizó en tres tomas desde La Mota, en el monte Atalaya, en 1872, un año antes de la proclamación del Cantón en Cartagena. Estuve más de una semana retocando y uniendo tres copias de copias, en mal estado, para un cliente. Cartagena parecía deshabitada. Sin embargo, mientras ampliaba mucho la imagen para realizar un trabajo mas “fino”, de repente apareció en la pantalla del ordenador una persona delante de la muralla, aproximadamente en el centro de la imagen. Con un sentimiento análogo al del protagonista de Blow Up me puse inmediatamente a buscar más gente. Y encontré, o creí encontrar, porque las copias eran de mala calidad, seis personas y un perro. Entonces propuse a siete amigos que escribieran un pequeño cuento sobre cada una de ellas, teniendo en cuenta el momento por el que pasaba Cartagena en aquellas fechas (el cliente, por el estado de construcción de uno de los barcos en el arsenal aseguraba que había sido realizada durante el Cantón). Se hizo una exposición de los detalles “habitados” de la imagen junto a su cuento correspondiente y una gran ampliación de la panorámica, que se llamó 7 Cuentos Cantonales. Se editó una “Naval”.









RICKY, RICKY EN EL CANTÓN


 ¡Joder! Ya estoy otra vez pegado a la tapia. Tengo que sacudirme este vicio del miedo al bombardeo. Ahora soy un perro rural. Me cuesta un poco, pero, sin duda, es preferible. Si la gente conservara un mínimo del instinto animal de conservación, haría lo mismo.
        Si es que resulta absurdo. Aquí fuera, ahora mismo, ¿no?, no pasa nada; pero si encerraran cuatro higueras con una muralla seguro que habría alguien dispuesto a sitiarlas hasta que cayese la breva. “Como si las ideas se pudieran amurallar o conquistar”, decía el listillo ese de Cárceles.
        Mucho higo por aquí. Dulces y tiernos, unos; pero otros recubren su tesoro con espinas. Como la vida misma. El subconsciente me traiciona, pero es que..., fueron tantas meriendas en el ambiente cálido, sosegado, de aquel mirador al puerto...
        Quién me lo iba a decir. En mi familia siempre se ha gastado mucho lo de Canelo. Y va ella y me pone Ricky -un alarde de anglofilia-.
       -Como mi Ricardo”; aquel antiguo novio que cambió por el “sangre de horchata” del mister Güi ese. Menos mal que desde entonces mi mundo se redujo a la fauna refinadamente cosmopolita de la Muralla del Mar. Si la hubiesen oído llamarme -Ricky, Ricky”- mis antiguos colegas de la plaza de la Aurora...Pero, !qué pasa!, hay que buscarse la vida, y allí, además de adquirir algo del lustre que me distingue, no me faltaba la comida sin salir de casa, incluída la confitería fina. Aquella mermelada de higos que tan bien preparaba la señora Flora.
       -”Sólo unos lametones, que te puedes quedar ciego”.
       Doña Milagritos me dosificaba el dulce capricho aquellas tardes en las que, mientras me acariciaba la cabeza, parecía olvidar la frialdad del senizo de su marido.
       -”No sabes cómo me acompaña”, le decía al Ricardo original en aquellos encuentros casualmente habituales durante nuestros paseos por la muralla. “No sabes cómo”, mientras repetía la caricia sobre mi cabeza sin dejar de mirarle. Me sentía utilizado. Un perro objeto, fetiche. El puente de no sé bien qué sensaciones.
       Eran otros tiempos que se acabaron de un bombazo, del mismo que le partieron el pecho al Ricardo aquel.
       Luego se acabó la mermelada. Y, al final, a la calle. Doña Milagritos que si la Cruz Roja, que si Colau. ¿Y yo qué?. Vuelta a las calles, o lo que quedaba de ellas. Pero aquello no es vida. Siempre esquivando bombas. ¿De qué te sirve marcar primorosamente tus pico-esquinas si al día siguiente una bomba borra la ciudad con la celeridad de un concejal de vía pública.
       Cada vez peor. Yo que vivía como un rey, pasé a comer las sobras. Pronto no sobraría nada y últimamente tenía la sensación de que más de uno me miraba con ojos de carnicero.
       Ahí os quedáis. Me voy pal pueblo, hoy es mi día. !Qué ciudad! Tanta bomba, tanta intriga. Aquí hay serenidad, paz,..., aburrimiento. A lo lejos me parece oir el crujir de las maromas y la madera...Riqui riqui, riqui riqui”. “Cantos de sirena” que diría el cursi del mister Güi, ése.

 José Francisco López.



PERICO


La primera vez que fui a buscarlo tendría unos cinco años. Siempre se refugiaba en el carro. Siempre tuvo miedo de que lo encontraran; temía que le hicieran daño o le regañaran por haber perdido algo.

Y es que Periquillo empezó a perder cosas desde que padre, un día, le dijo en tono solemne: “Hijo, cuando seas mayor tendrás todo lo que quieras, lo sé. Llegarás a ser un insigne dignatario”. Desde ese momento a Perico le faltaban las canicas, o se olvidaba las monedas de la compra, o no sabía dónde había dejado el cordón de sus zapatos.

A mí me gustaba ser útil, saber que al encontrarlo sus miedos desaparecerían... Pero Pedro siguió extraviando sus libros de texto, perdiendo el hambre, dejando la fuerza, malogrando la razón.

Ahora no está, y ¿porqué será que vengo a buscarlo al carro?.  
      
Beatriz Villarino



FALSACAPA


Tenía delante todo el mar, todo lo azul y lo lejano, y, sin embargo, se encontraba irremediablemente atado al lugar. Las cuerdas de los numerosos barcos del puerto trenzaban la red que le impedía escapar al desastre. Se sabía en la calma del ojo del huracán, en uno de esos curiosos nudos de la historia que marcan los destinos de un pueblo. Los dados estaban echados, pero él aún desconocía el papel que le había reservado el azar: el de héroe o villano, el de víctima o verdugo, el de peón de brega o lugarteniente de la Gloria.

Todo alrededor se empeñaba en la rutina y el sopor de lo cotidiano: los hombres malgastándose en tareas banales, las gaviotas acunándose al son de la música de las jarcias y los quejidos de las maderas, las nubes dibujando con sus sombras en las montañas peladas.

Cogió un guijarro aplanado para hacerlo rebotar sobre la superficie lacada del agua. Pero la piedra se fue al fondo sin intentar siquiera un salto de cortesía.

No importaba que al otro lado del horizonte le esperara su adorada Orán, o la Nápoles de sus antepasados: al extremo de la argolla invisible que colgaba de su tobillo había una tremenda y pesada bola, una condena inmensa del tamaño de toda la ciudad de Cartagena.

Ángel Mateo Charris



SIN DESPEDIDA


Comenzaba a refrescar en aquella mañana clara, cuando casi despierta el otoño. Carmen se había  levantado con la intención de hacer bolillo.
    -Hay ahora un silencio hondo. Fuera se oye la queja de los pinos y el trinar de los pájaros-.
    -Tres estrellas atisban por el ventanuco. Es el alba. Carmen levanta los ojos y disfruta entre la música de los palillos y el entramado de hilos que configura un laberinto entre alfileres y dibujos; aquello no tiene fin. Sonríe-.

En la calle huele a mar, la gente va y viene con la incertidumbre grabada en la mirada. Las campanas de las iglesias juegan en distonías de repiques y redobles, es triste...

 Juan salió de casa antes del amanecer, sin más luz que la de la luna y un pequeño candil. Camina sobre adoquines de piedra esquivando las moñigas de los bueyes que arrastran los carros que van al muelle. 
 Las puertas de la muralla están cerradas y se oyen voces y murmullos ahogados por el silencio de la mañana.
 Al llegar al trabajo el capataz les da las órdenes, pero existen tensiones entre todos. Hay  revueltas.

Carmen regresaba por una cuesta empinada pensando qué pondría para la única comida que harían los suyos. Todo era en vano por lo que decidió recurrir a los favores de su vecina Beatriz, señora acomodada y de rosario en mano, para que, a cambio de sus trabajos como bordadora, le diese algo para echar al puchero. Aquello era cada día más difícil, porque se agotaban los víveres. Utilizó toda su imaginación con especias y hierbas del monte de la Concepción y el cuarto de pollo prestado.
 La hora del mediodía pasaba y como un aroma amargo llegó el desasosiego. Su Juan nunca llegaba tarde a comer...
Una hora más tarde, cansada de esperar en la muralla, emprendió la búsqueda. Cogió a su hijo por el brazo y como alma en pena salió temiéndose lo peor. Nada más pasar dos picoesquinas una cuadrilla de hombres traía varios cuerpos inertes arrastrando con ellos. En sus caras una derrota inesperada.
Juan era el tercero de ese cortejo y Carmen abrazó a su hijo en una sombra de dolor y llanto.

Eleuterio Esteban                                                                                                    


KARTAJENA


Ya me lo dijo mi padre. Zergatik zoaz Kartajenara? Y yo qué sé. Déjame, aita. Ez zaude ondo hemen ala? Guda dago Kartajenan! Zoratuta  zaude zu! Bueno. Sí. Estoy loco. ¿Y qué? No más que los que se quedan aquí. Da  lo mismo el color del uniforme que vistas. !Y qué más da! Nadie te pregunta nada. Sólo puedes correr o disparar. O  las dos cosas a  la vez. Koldobika bezela. El rojo le llamaban. Una txapela caminando sobre dos mofletes colorados de sidra y txakoli. Tan grande que era. Y tan simpático. Pero claro, a  los que ahora hablan tan bien se les olvida decir que está bajo tierra y con el pecho partido por dos tiros. Y yo lo siento mucho, pero no estoy por la  labor. !Redios! Con lo fácil que hubiera sido todo de no haber llovido aquel día. Pero los tambores de guerra me persiguen como truenos. Como una txalaparta fúnebre. Eta ez dut nahi! Baina  horrela  da. La muerte de Koldobika me dejó vacío. ¡Cómo va a luchar alguien cuando sabe que a su hermano lo estarán devorando los gusanos, gracias a un hijoputa que le ha volado el corazón! Y me fuí de allí para no seguir viendo aquello. Y llego aquí y la muralla ésta me mira por la espalda con gesto miedoso. Como si me estuviera preguntando cuándo vamos a  repetir aquello. No es sencillo vivir con miedo. Salir de una muerte casi segura en una guerra entre hermanos para caer en otra como la que se avecina, como la que advierte el aire que se respira aquí, en esta tierra en la que el mar es lo único que mantiene a  la gente viva y unida. Ama, non zara? El viento huele a sangre. O quizá soy yo, que exagero. Que me he acostumbrado a vivir con un arma en una mano y el miedo colgado de los dedos de la otra. Pero, ¿hasta cuándo se puede seguir  huyendo? Tendremos que prepararnos. Nere ama baleki...

 José Andrés Elgarresta




OCTUBRE


Manuel dejó que la Micaela, su barca, se entretuviera entre los grandes buques. Aquella mañana había salvado de morir ahogada a la maga que vive en la isla de Escombreras, mucho más peligrosa que las brujas de la Algameca chica.
   Observó complacido la gema roja que le regalara agradecida.
   - Podrás ver en ella el futuro de lo que tú quieras.
   Miró hacia el puerto, era muy temprano y apenas había gente en el muelle. Aquella plaza militar declaraba el cantón y estaba en guerra. Preguntó por su futuro y una oscuridad ficticia  lo envolvió de pronto.
   Ante sus ojos apareció una ciudad nueva, abierta y resplandeciente, encerrada sólo por algunos trozos de la vieja muralla de Carlos III, porciones iluminadas y coronadas por jardines y grandes casas que parecían torres. El ajado castillo despuntaba brillante, cuidado y adornado al igual que una joya. Y la catedral sobresalía como una ruina histórica, sin dejar por ello de ser bella.
   Carros sin caballos y con ojos de fuego se  movían a los pies del largo muro. Gentes de todo tipo caminaban cerca del mar, por un hermoso paseo.
   Una plaza, con su monumento, se adornaba de plantas y palmeras. Al fondo un palacio con reloj.
   No supo si era o no un Cantón, pero se dió cuenta de lo hermosa  que sería.
   Guardó de nuevo la gema, convencido de sus poderes, y se encaminó hacia su destino, que era morir en tierra en el mes de Noviembre, con los bombardeos del ejército centralista.
   Os preguntaréis qué fué de la extraña piedra, y  yo os digo que los suelos de la ciudad milenaria la esconden junto con otros muchos tesoros y con otras leyendas ya olvidadas, y que sólo una anciana podrá encontrarla...
                                               
Ramón Burcet (Moncho)




CARPE DIEM


El viento de otoño iba a tener que trabajar duro para limpiar de vapores de absenta las cabezas de los tres estudiantes. Las dos botellas que Pierre había traído de su Burdeos natal apenas habían durado unas horas la noche anterior y, al amanecer, sólo quedaba el recuerdo de las risas y los besos. La ceniza de un cigarro se acomodaba en el chaleco de Angel, que trataba de recordar el sueño que le contó un tal Tomás, arquitecto igual que él. “Construiré un gran triángulo de piedra en homenaje al Maestro y perdurará”, le dijo. Pero la brisa comenzaba a traer olores de pólvora que se imponían a los aromas libertarios. Mientras, Pierre, que había llegado a Cartagena tres años antes para intentar escribir un capítulo más de su libro de viajes, luchaba por sacarse las manos de los bolsillos mientras escuchaba las fantasías bélicas de Juan, el sobrino del almirante. La mañana llegó gris y fría para sorprender a los aún cálidos corazones de los jóvenes, que se debatían entre el hedonismo y el compromiso. Las palabras se escuchaban como clavos en las sienes y prefirieron guardar silencio para escuchar al mar. Y de repente, con la desidia y placidez de quien deja que su orina moje las sábanas, dijo Pierre. “Vayamos a casa de la italiana a beber té con confitura de hachís”. Pero los ecos del Mediterráneo no dejaban de sembrar inquietud y promesas de óxido, piedras y sangre en las almas. Qué bello es ser libre pero qué leve es la voluntad cuando se es joven. “Seríais capaces de empuñar un fusil y disparar?”, preguntaba Juan a sus compañeros de vino y burdeles. Como si les hubieran mentado al mismo diablo, los jóvenes despertaron de golpe del sopor etílico y dirigieron sus miradas hacia mil lugares distintos, como el que busca algo que tiene justo enfrente de él y no lo ve. “Quién dijo qué de desayunar con la italiana?”, susurró Angel. Y los tres, hombro con hombre, guiados por un compulsivo deseo de placer, marcharon hacia el Molinete, tratando de desprenderse de esa extraña inquietud, de esa viciosa calma que antecede al desastre. La italiana iba a tener que trabajar duro arrodillada entre las piernas de los amigos para limpiar de vapores de muerte sus cabezas.
                                                         
  Jesús Viartola.                                                     


120713

Hoy es el 140 aniversario de la proclamación del Cantón en nuestra ciudad. Desde hace más de diez años, unos cuantos cartageneros interesados por todo lo que aconteció durante aquellos seis meses del año 1873, izamos una bandera en el castillo de San Julián en recuerdo y apoyo de las ideas que defendían y pusieron en marcha aquellos "esforzados" federales. Aquellas iniciativas fueron sepultadas bajo las bombas, que destruyeron Cartagena convirtiéndola en escombros, y se tendió un manto de silencio que dura hasta hoy.

Esta tarde, durante el izado de la bandera, se va a dar a conocer un documento, inédito, y emocionante, en el que se hace un relato del comienzo de la insurrección, escrito de propia mano y con brío por una de las personas más significadas de aquel movimiento, en el que, además de su gran interés por sí mismo, se deshace la controversia relacionada con la bandera que fue izada en el castillo de Galeras.

Respetando al historiador que ha sacado a la luz este documento, no será publicado aquí hasta mañana, pero sí otro, no menos interesante que, aunque supongo que tendrá que ser autentificado por profesionales, cuenta con suficiente grado de garantía: se trata de una fotografía de un fragmento de la bandera, o de una de las banderas utilizadas durante aquellos meses.

Moisés Ruiz. Fragmento de bandera utilizada durante el Cantón de Cartagena.




Y un texto, publicado en 1998 en la sección de Cartas al Director de La Verdad, en la celebración del 125 aniversario:


Hace 125 años, el 12 de Julio, a las 5 de la mañana, sonó un cañonazo. Una bandera turca con la media luna y la estrella borradas con la sangre de un cartagenero anónimo anunció desde el castillo de Galeras el comienzo de lo que para algunos fué una aventura desdichada y para otros una esperanza de futuro. Se había proclamado el Cantón. Durante seis meses, Cartagena, al abrigo de sus castillos y sus murallas, defendió heroicamente, con su vida, un ideal: la constitución federal del Estado Español, aprobada en las Cortes unos meses antes; quizás una utopía política en aquellos tiempos, pero una realidad hacia la que nos dirigimos en la España de las Autonomías y la Unión Europea de nuestros días, la “Europa de los pueblos” que ya preconizaban aquellos “locos” cantonales.

“Lo que fuerza la admiración hacia los protagonistas de aquella revolución frustrada”, dice el profesor Jover Zamora, “es algo que realmente está por encima del triunfo y de la derrota ... Los cantonales cartageneros sintieron arder su sangre con el vino fuerte de “la Federal”.. bajo el sol implacable del verano mediterráneo; vieron sus casa destruidas y sus calles cubiertas por las víctimas del bombardeo.. Y acertaron a mantener niveles históricamente insólitos.. en cuanto se refiere al respeto de la vida y a la dignidad humana del disconforme y del adversario.. Algo tremendamente valioso y ejemplar vibra en la entraña de esta revolución mal planteada, inoportuna, fracasada; algo minúsculo, si se quiere, pero precioso para incorporarlo a una tradición nacional”.

Sin embargo, desde entonces, se ha querido borrar de nuestra historia aquel episodio; se ha pretendido ocultarlo de manera vergonzante. Quizás fuimos los cartageneros los conejillos de indias de un experimento peligroso en manos de unos gobernantes alocados; quizás, como decía Mr.Witt, “tenemos en los ojos la sombra de una aventura fracasada”; pero no olvidemos que murieron muchos cartageneros y que no hay categorías en ese tránsito aunque las conmemoraciones y los fastos del centenario del desastre del 98 nos hayan querido convencer de lo contrario.

Honremos la memoria de nuestros bisabuelos, su heroismo o su sacrificio. Sólo un acto de generosidad de “todos” nuestros gobernantes, que sin duda el pueblo agradecería, podría permitir (a pesar del mal recuerdo de un grupo político que de alguna manera se apropió de esa memoria impidiéndonos a todos sentirnos “cantonales”), que todos los 12 de Julio Cartagena despertara con un cañonazo, una bandera roja ondeara en el castillo de Galeras y se recordaran aquellos hechos al pie del monumento Al Pueblo de Cartagena en su defensa de un ideal, que, aunque parezca mentira, todavía no existe.

Viva el 12 de Julio. Salud y federación.

Moisés Ruiz


130713

En la noche del 11 de julio de 1873, en reunión celebrada en casa del veterinario D. Esteban Nicolás Eduarte, se decidió poner en marcha la insurrección cantonal en Cartagena, y se nombró con carácter interino la primera Junta Revolucionaria. Inmediatamente, dado que a la madrugada siguiente estaba previsto que fuerzas del ejército relevasen a los movilizados que guarnecían el castillo de Galeras, el capitán de voluntarios Juan José Martínez envió una sección de su compañía, al mando del cabo de carteros José Antonio Sáez, a reforzar esa guarnición, con la advertencia de no dejarse relevar . Al amanecer del día 12 subieron soldados del regimiento de África, pero, hechos fuertes los de Galeras e instituido Sáez en gobernador del castillo, disparó un cañonazo, según lo convenido, anunciando el éxito de la empresa.

Al pronunciarse el castillo de Galeras, y a falta de bandera roja, enarbolaron en el fuerte una bandera turca, que hallaron en el semáforo, fiados en que la media luna y la estrella blancas no se divisarían desde la ciudad. El comandante general del Departamento, José Dueñas, comunicó al ministro de Marina, desde La Palma, lo anormal de la plaza, y que, entre otras cosas, el castillo de Galeras había enarbolado bandera turca.


Este descuido fue aprovechado por los enemigos de la insurrección para desprestigiarla. Enterados en Murcia de cuanto sobre este particular se comentaba en Madrid, se lo comunicaron a Gálvez. Inmediatamente se envió a un emisario a Galeras para subsanar la falta; pero, alguien se adelantó, pues al llegar el comisionado vio que una bandera totalmente roja ondeaba sobre la fortaleza. Unas manchas de sangre en el pavimento del castillo, y el rústico vendaje en la muñeca de uno de los voluntarios de la República, lo explicó todo: muy disgustados los de Galeras al conocer el efecto causado por su descuido, un entusiasta de aquellos arrió el pabellón, y, abriéndose una vena con la punta de su faca, tiñó de sangre la estrella y la media luna blancas. Entre vítores a la República Federal, la bandera del Cantón ondeó orgullosa en el fuerte.


De "El Cantón Murciano". Antonio Puig Campillo.( pags. 65, 66, y siguientes)


El 9 de septiembre  de 1873, José Antonio Sáez envió una carta al periódico El Cantón Murciano, el diario oficial de la Revolución, que se publicaba en Cartagena, con una lista de los que le acompañaron en la madrugada del 12 de julio, pidiendo que fuera publicada en el periódico, incluido "su encabezamiento". En este encabezamiento el cabo de carteros Sáez hace un relato, en el "estilo" que se utilizaba en la época -en particular en ese diario-, de algunos detalles relevantes de su misión. Pero no fue publicado y, al parecer, permaneció inédito.

Este documento, que se conserva en al Archivo Municipal, fue dado a conocer anoche por el historiador Luis Miguel Pérez Adán (agradezco a Luis que me haya permitido publicarlo aquí). He conservado la ortografía original.







Relacion Nominal de los Ciudadanos
voluntarios, movilizados y Artilleria de Plaza que se aprestaron en mi compañia en la noche del once de Julio de mil ochocientos setenta y tres, para enarbolar el Sacrosanto estandarte de los comuneros de Castilla en los inespugnables muros del Castillo de Galeras (hoy Vanguardia de la Federacion) donde se encuentra tremolando perenemente, como símbolo de Fraternidad, Libertad y Justicia; ley suprema é interminable que es la que tiene que esterminar el oscurantismo y la centralizacion de los viles y criminales apostatas de nuestras humanas ideas; ley caritativa que es la regeneradora de la Sociedad humana, la iniciadora universal del regimen Cantonal en una palabra; es la que enpuñó con su humilde bondad el Martir del Golgota bañada con su sangre y la de miles de martires cuyo sello nunca se borrará en la generacion humana y cuya sangre se encuentra á toda hora reclamando Justicia cual es la de un Carvajal, un Guillen, un Sixto Camara y la de otros muchos, que con la interminable ley de la Federacion Social seran su sangre regeneradora y cumplida su profesía

Cuya relacion es como sigue
Francisco Portero
Tomas Marin
Ildefonso Campoy
Jose Antº Gomes
Jose Suares
Jose Clemente
Juan Mingues
Manuel Bos
9 Francisco Molina
10 Luis Molina
11 Miguel Vargas
12 Gaspar Martinez
13 Francisco Ferran
14 Manuel Galvez
15 Jose Marin
16 Pedro Muños
17 Antonio Poveda
18 Serafin Navarro
19 Juan Diego Soto
20 Jose Zaes
21 Joaquin Hernandez
22 Joaquin Martinez
23 Jose Ortis
24 Roseldo Olmedo
25 Jose Ortuño
26 Joaquin García Olivo
27 Francisco Rizo
28 N. Aliaga
29 Bartolomé Ortuño
30 Juan Antº Martinez
31 Francisco Martinez (a) Merlo
32 Pedro Gimenez
33 Ramon Culebra
34 Jose Muelas
35 Jose Lopez

Artilleros

Alferez 36 Bartolomé Nogueras
Cabo 2º) 37 Vicente Lopez
artilleros 38. Bruno Biñuela
39 Damaso Casso
40 Eduardo Perez
41 Jose Garcia
42 N. Cayuela.

Salud y Federacion
Castillo de la Vanguardia 9 de Setiembre de 1873
El Gobernador
José Antº Saez

Nota) Se desea por la guarnicion de esta fortaleza se imprimiera esta lista con su encabezamiento en el Periodico titulado Canton Murciano favor que espera este puñado de valientes

Suyo Saez













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Fotografías: © Moisés Ruiz Cantero.
Todos los derechos reservados.










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