Al fondo, el mar/2



Fueron doce exposiciones, que ocuparon todas las salas disponibles en Cartagena durante el verano de 2002, y que, para nuestra sorpresa, no tuvieron resonancia ni se les prestó apenas atención. Al año siguiente se expuso en Murcia una selección amplia. De la itinerancia por otras ciudades implicadas, a pesar del interés de José Luis Cegarra, tampoco ha habido nada hasta el momento. Se editó un libro-catálogo con muchas fotografías y textos que se agotó enseguida.





COSTA RICA 
(Marzo1995)

Cartago, municipio.
(Cartago, 09º52´05´´N 083º55´38´´W)
Cartagena, poblado.
(Santa Cruz, Guanacaste, 10º23´30´´N 085º48´38´´W)
Los Cartagos, aldea.
(Upala, Alajuela, 10º53´15´´N 085º08´24´´W)
Cartagena, caserío.
(Guácimo, Limón, 10º16´15´´N 083º38´45´´W)

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Cartagena. Guanacaste. Costa Rica. La ceiba. 



LA CIUDAD DE LAS BRUMAS.

Moisés Ruiz. 1995. Cartago. Costa Rica. Plaza Real 
(Ruinas de La Parroquia, al fondo).
Los “ticos” cartagineses y los “icues” cartageneros nos parecemos, porque la “pasta” de la que estamos hechos tiene mucho que ver con el lugar donde nacimos, y nuestras ciudades han pasado por circunstancias históricas parecidas.
Ambas han sido muy importantes en el pasado. Cartago fue la primera ciudad de la colonia desde su fundación por Juan Vázquez de Coronado en 1563.  Allí se  firmó el acta de independencia y desde entonces fue capital de Costa Rica. Pero es una ciudad que ha sufrido terremotos, inundaciones, huracanes y erupciones del volcán Irazú que la destruyeron totalmente en tres ocasiones, lo que provocó un desplazamiento de la población hasta que, en 1823, le fue “usurpada” la capitalidad por San José, una ciudad anodina, sin la relevancia histórica de Cartago, pero más desarrollada económicamente. Cartagena tiene un sentimiento parecido con respecto a Murcia, ciudad sin historia comparable, pero que le da nombre a la capital, a la provincia y a la comunidad autónoma del sureste español. Y, al igual que los cartagineses, los cartageneros se sienten orgullosos de su historia de tres mil años, de su antigua capitalidad de la mayor provincia romana de Hispania, de su situación estratégica, de su sol, de su bahía y de sus restos arqueológicos, testigos mudos, por desgracia, de las sucesivas destrucciones de la ciudad por la fuerza de la ambición humana, mucho mayor que la fuerza destructiva de la naturaleza. Y ambas ciudades, Cartago y Cartagena, han destilado un carácter parecido en sus ciudadanos. Desconfiados, individualistas, derrotistas, rebeldes, pendencieros y de carácter “difícil”, pero también, cuando ellos quieren, entusiastas, hospitalarios, abiertos, imaginativos y trabajadores.          

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Cartago. Costa Rica. La Virgen de los Ángeles y la roca donde "apareció". Interior de la Catedral.

Por si fuera poco, si por la capital histórica del sureste español entró el apóstol Santiago a evangelizar España, la capital histórica de Costa Rica nació bajo la advocación del mismo apóstol, aunque su templo no aguantó las sacudidas de los terremotos de 1841 y de 1910 y las “Ruinas de la Parroquia” permanecen actualmente como testigo de los avatares de la ciudad, aunque muy bien acondicionadas en la Plaza Real de Cartago. De igual forma, en Cartagena, una ruina parecida, la primera iglesia catedral cristiana de España, consecuencia del desembarco de Santiago por el muelle de Santa Lucía, permanece abandonada de la mano de dios y sus obispos. Si por las ruinas de la parroquia de Santiago, en Cartago, dicen que se pasea el fantasma de un cura sin cabeza con lío de faldas de por medio, en la ruina de Cartagena está instalado el fantasma de la desidia y de la incompetencia general. Si Cartagena tiene un mar azul, Cartago está en un valle verde, fértil y, como todo el país, de una belleza natural indescriptible. Si la patrona de la ciudad es Nuestra Señora de los Ángeles, la Virgen “chola”, una pequeña talla de piedra que se le apareció a una mulata en un bosque, en el mismo lugar donde ahora se la venera en la Basílica que lleva su nombre, en Cartagena, otra virgen “negra” y de estatura parecida, la Virgen del Rosell, que encontraron unos pescadores entre sus redes, es la advocación mariana más antigua de la ciudad. Si la semana de fiestas en honor de la Virgen, “La pasada”, como ellos la llaman, es de una riqueza extraordinaria, aquí tenemos las “procesiones” de la “Semana Santa”, una semana de diez días que también son una “pasada”.

Moisés Ruiz. 1995. Cartago. Volcán Irazú.
Pero si la “señora” de Cartago es “la negrita”, el “señor” de Cartago es el volcán Irazú, una montaña negra con una laguna de color verde esmeralda, como el color de Costa Rica, en el fondo de su cráter. El “señor” Irazú esconde su ira sobre las eternas brumas de Cartago, pero a veces “retumba” para recordarles a los cartagineses quién es el que manda allí. Y el retumbo del Irazú es como el latido bronco del corazón de Costa Rica, un corazón que se encuentra en Cartago, la antigua ciudad colonial de cuyo pasado los “cartagineses”, que no “cartagos”, alardean con orgullo y les hace sentirse diferentes del resto de los “ticos”. Como nos demuestran su alcalde Francisco Marín, su historiador Franco o la teniente de alcalde Rocío que nos ha preparado un programa de trabajo “completísimo” y difícil de cumplir. Y también el abogado Carlos Villanueva y su mujer Paulina que nos han acogido en su fantástica casa sobre una colina desde la que se domina la ciudad y nos han colmado de atenciones y amabilidad, incluida una pancarta de bienvenida. Y también Rodrigo y el resto de amigos que nos acompañaron, nos informaron, cocinaron para nosotros lo mejor de la cocina de Costa Rica, nos presentaron a todo el mundo y nos "abrumaron" de atenciones.

Y también nos llevaron a Guácimo a visitar la pequeña Cartagena que hay allí, apenas una docena de casas alrededor de un enorme campo de fútbol que hace de plaza mayor y la selva llena de orquídeas rodeándola por todas partes.

Pero en Costa Rica hay algunas Cartagenas más. En Santa Cruz de Guanacaste, junto al Pacífico de playa Tamarindo nos esperaba otra sorpresa: una Cartagena campesina y paradisíaca, de compadres amables y tranquilos que se despiertan con los gritos agudos de los monos y los loros sobre las palmeras, y también, en Alajuela, junto a otro impresionante volcán, el Poás, negro y azul celeste, en el centro de un Parque Nacional de los que abundan en Costa Rica, otra “homónima”: Los Cartagos, una pequeña población sobre unas montañas desde las que se extiende un manto verde y lujurioso hasta donde se pierde la vista. Costa Rica. Pura vida.



Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Basílica de Ntra. Sra. de los Ángeles.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Familia esperando al bus.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Ruinas de la Parroquia.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Cruce.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Pollo brumoso.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Interior Basíica.


Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena. Guácimo.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena. Guanacaste.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena. Guanacaste.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena. Guanacaste.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena. Guanacaste.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena. Guanacaste.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena. Guanacaste.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Colegio Universitario.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Escena en un bar.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Exvotos.


Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Mercado.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Mercado.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartago. Parada de bus en el mercado.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Guácimo. Desvío a Cartagena.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Guácimo. Rancho en Cartagena.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Guanacaste. Cartagena. Ordeño.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Guanacaste. Cartagena. Retrato en guarapera.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena de Guanacaste. Familia en el porche.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena de Guanacaste. Iglesia.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena de Guanacaste. Secuencia en una moto.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena de Guanacaste. Interior.

Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena de Guanacaste. Propaganda electoral.


Moisés Ruiz Cantero. 1995. Costa Rica. Cartagena de Guácimo. Cementerio.



MÉXICO
(Junio 1996)
Cartago, poblado
(Martínez de la Torre, Veracruz, 20º01´36´´N 097º01´32´´W)
Lo Cartago, rancho
(Martínez de la Torre, Veracruz, 20º03´29´´N 096º59´14´´W)
Cartagena de Michapan, aldea
(San Juan Evangelista, Veracruz, 17º56´54´´N 095º06´44´´W)

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Casa del Campesino. Cartago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.



DE JAIBAS Y GARDENIAS

(el antropólogo)

¡Aquí el colegio Benito Juárez!, me contestan con el acento esperado e inusitada nitidez, como si estuviera hablando con mi vecina, al marcar el número que me han dado en información internacional como perteneciente al Ayuntamiento de Veracruz. Mi comunicante, al que imagino, no sé porqué, gordito y con bigote, me saca del error, mi cuate, y muy amablemente me proporciona otro número que le ha dado alguien desde alguna mesa cercana. Se oye esturreo de papeles y estruendo de niños, probablemente en el recreo, a través de la ventana de la oficina. El número nuevo sí pertenece al Ayuntamiento de Veracruz, pero debe ser de la conserjería o algo así porque la chica, también muy amable, que soporta estoicamente todo mi discurso inmisericorde sobre las Cartagenas y Cartagos del Mundo, una a una, me dice al fin que todo eso se lo cuente a la secretaria de Presidencia  y me da otro número. Al menos el fax que he enviado hace un momento parece que ha llegado bien.

En el otro número, unos días después, me dan otro, y en éste me vuelven a dar el del fax. Insisto de nuevo en el primero y por fin se produce el contacto. La Srta. Lina Basterra, secretaria del alcalde Roberto Bueno, está informada del asunto y me ruega que vuelva a llamar más tarde mientras que ella contacta con la persona a la que le han pasado el fax y que se ocupa del tema, el antropólogo Israel Guillermo Macías, jefe del Área de Cultura de la Municipalidad, pero yo insisto y ella apunta los datos amablemente: los objetivos y los fines del proyecto, los datos de las Cartagenas y Cartagos que queremos visitar en Veracruz, la solicitud de colaboración, el día y el medio por el que llegaremos, etc... ¿Podría haber un conjunto jarocho para recibirnos con un huapango?

(un danzón en el Zócalo)

Pocas ciudades tienen el aire que tiene Veracruz. Señorial y decadente, portuaria y luminosa, caótica y exhuberante, colonial y posmoderna, con la belleza de las cosas imperfectas, la magia de lo auténtico, la creatividad de lo desordenado. Una ciudad que te absorbe inmediatamente por la calidad y la calidez de sus gentes, “mediterráneas” como pocas, por su cercanía a esos resortes inconscientes que te hacen sentirte cómodo, como en tu casa, como en tu patria. “La patria es el lugar donde uno se encuentra bien”, decía Epicuro. Él hubiera disfrutado en Veracruz. Aquí no hay turistas apresurados, “beocios cancún”. Aquí no hay paraísos artificiales. Veracruz es un pequeño paraíso tropical donde se baila danzón.

Zócalo de Veracruz. Noche estrellada bajo luna de plata de Agustín Lara. Marmita ebullescente con todos los colores sonoros. Pórtico blanco. Arquitectura colonial. El Ayuntamiento, a la izquierda, la Catedral a la derecha, el ruido del mar, al fondo. Una cerveza fresca con servilleta en el Hotel Colonial para reponer los líquidos que se evaporan por todos los poros. De repente se callan los mariachis, los jarochos, los boleristas, los dúos charros, las marimbas. La orquesta se prepara. Se callan los pájaros negros. A lo lejos se oye tronar. Las parejas, con guayabera y pañuelo rojo los señores, y las señoras, primorosas, de organdí y flores en el pelo, aguardan en el improvisado salón de baile entre dos filas de paisanos frente al Ayuntamiento que pasen los primeros compases. Y comienza el danzón... Yo nací con la luna de plata. Y nací con alma de pirata. Yo he nacido rumbero y jarocho, trovador de veras. Y me fuí lejos de Veracruz... 

Moisés Ruiz Cantero. 1996. El Tajín.  Veracruz. México.
(jaibas rellenas)

Todo el pueblo de Cártago, con acento, como ellos lo llaman, nos espera con sus autoridades D. Roberto Fernández y D. Bulmaro Méndez al frente en la Casa del Campesino del Ejido. Llegamos en una ambulancia del Ayuntamiento de Martínez de la Torre, que dirige D. Bricio Rincón, acompañados del jefe de Cultura Marco Antonio, del profesor y fotógrafo Gerardo y de Javier, el tesorero. La pista de tierra de 5 km. que conduce hasta el poblado nos facilita la digestión de los exquisitos cangrejos de río y acamayas con los que nos han agasajado nuestros amigos. En Cártago hay expectación por la llegada de dos extranjeros interesados por sus cosas.Y durante dos horas nos explican sus orígenes, nos hablan de sus familias y nos acompañan en un recorrido por este lugar tranquilo y de gentes afables por donde juegan muchos niños entre una vegetación exhuberante. Son 343 habitantes que se dedican al cultivo del maíz, caña de azúcar y cítricos, cuentan con servicio de agua y energía eléctrica, una escuela primaria y un jardín de infancia. También nos enseñan, orgullosos, las obras de la iglesia, que llevan muy avanzadas.

Al día siguiente visitamos Lo Cártago, una ranchería cercana que ahora se llama “Finca del Alacrán”, según unos vecinos que están desayunando unos “tacos” de apariencia exquisita que el alcalde D. Bricio no puede resistirse a no probar. Hay una brigada de trabajadores colocando “topes” en la carretera, pero en la finca, hoy domingo, no hay mucho movimiento. En el centro de una zona despejada hay un montículo de piedras, una “pirámide”, según el alcalde. Aparecen por todos sitios; hace unos días un ranchero encontró un yacimiento totonaca mientras trabajaba en su parcela, junto al río Bobos, que cruza Martínez de la Torre. Es una zona de una riqueza arqueológica muy grande, como comprobamos al llegar al “Tajín”, las “ruinas”, como las llaman nuestros anfitriones que nos acompañan con toda su familia. Se trata de un abigarrado conjunto de pirámides huastecas en medio de la selva, imponentes y muy bien conservadas, con características singulares, como la Pirámide de los Nichos, un auténtico tesoro. El otro tesoro está en el restaurante. La ronda de cervezas con hielo y limón a la que pretendemos invitar a nuestros amigos, sin conseguirlo, se convierte en una exquisita comida familiar, donde la reina es la jaiba rellena, sin duda, seguida de una sobremesa larga y simpática que nos enamora definitivamente de esta gente y de este lugar. 


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Equipo. Cartago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Familia. Cartago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Tipología. Cartago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Abuela. Cártago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Paisaje. Cártago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Esperando nuestra visita. Cártago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Dos hermanos jugando. Cártago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Pavos en el porche. Cártago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. El Tajín.  Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. En el patio. Lo Cartago. Martínez de la Torre. Veracruz. México.



(gardenias después de la tormenta)

De San Juan Evangelista a Cartagena de Michapan vamos en una furgoneta descubierta escoltados por tres fornidos policías arma en ristre. Nos habían advertido en Veracruz de que la zona, cercana a Chiapas, no era muy segura, pero hemos hecho un viaje muy tranquilo. Nos acompañan Sofía Pavón, secretaria del Ayuntamiento de San Juan que nos ha preparado un documento completísimo sobre Cartagena, y dos paisanos. Son 15 km. por una carretera de terracería en medio de la selva. De repente el cielo se pone negro y empieza a caer una lluvia torrencial acompañada de un concierto de truenos impresionante. Nos tapamos como podemos con una lona de plástico mientras que seguimos dando botes por el camino a toda velocidad. Al llegar a Cartagena nos refugiamos en la casa del representante municipal hasta que, al cabo de media hora, deja de llover, una niña de rasgos mayas regala a María un enorme ramo de gardenias y podemos por fin conocer a nuestros “tocayos” veracruzanos.

Cartagena de Michapan es una pequeña comunidad campesina de “compadres” que visten de blanco y viven en casas con techos de palma entre gardenios que después de la lluvia despiden un aroma delicioso. Sólo pudimos gozar de su cordialidad y buen humor unas horas y casi lograron hacernos soltar una lágrima con el “trovo” que nos preparó D. Aldegundo Hernández. Estos son algunos versos:

Alégrate Cartagena / que es tu primera entrevista / ni pienses que eres ajena  / que también estás en la lista /distinciones no hay ninguna / porque estás en la comuna / de San Juan Evangelista, Ver.
Hoy gente muy distinguida  / en esta linda reunión  / esta fecha no se olvida  / aquí por esta región  / por ser primera ocasión  / le damos la bienvenida. 
Presente Don Moisés Ruiz / trae muy buena intención / que vino a nuestro país / a recibir información  / con una conciencia plena  / para ser la investigación / del poblado Cartagena. (...)
Ya mi verso termino / voy a seguir mi camino / estos versos que trovó / un humilde campesino / con gusto se los dedico / a Cartagena de Michapan, / la tierra donde radico / es el pueblo de Chapopoapan.



Moisés Ruiz Cantero. 1996. Niña de las gardenias. Cartagena de Michapan. San Juan Evangelista. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Tipología. Cartagena de Michapan. San Juan Evangelista. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Familia 1. Cartagena de Michapan. San Juan Evangelista. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Compadres. Cartagena de Michapan. San Juan Evangelista. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Retrato ante la futura iglesia. Cartagena de Michapan. San Juan Evangelista. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. S/T. Cartagena de Michapan. San Juan Evangelista. Veracruz. México.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Familia 2. Cartagena de Michapan. San Juan Evangelista. Veracruz. México.





CHIPRE
(marzo 1997)
Qart Hadast, sitio histórico.
(¿Lárnaca? 34º56´¿?´´N33º38´¿?´´E)
Qart Hadast, sitio histórico.
(¿Limassol? 34º40´¿?´´N33º09´¿?´´E)
Fragmentos 1 y 2 de copa o pátera de bronce procedente del monte Sinoas, cercano a la ciudad de Limassol, donde por primera vez (al ser el documento más antiguo encontrado hasta la fecha) aparece escrito el término QART HADAST.

Dicen los historiadores que los fenicios, hace 3000 años, en su viaje desde Líbano hasta Cartagena, fundaban colonias allí donde atracaban la pentera y les parecía que el lugar reunía condiciones (un “paisaje púnico”, como se llamó después). Y que, más preocupados de hacer buenos negocios con los nativos que de otras cuestiones más prosaicas, bautizaban los asentamientos, mientras que no se les ocurría nada mejor, con dos palabras: “Ciudad Nueva”, que ellos escribían bastante raro pero que puesto en romano sonaba como QART HADAST.


Y cuentan los que de esto saben que fue en Chipre, primer lugar donde las naves fenicias podían recalar desde su partida de Tiro, es decir, primera etapa de ese viaje hacia donde se ponía el sol, donde por lógica tuvieron que fundar la primera colonia, la primera “ciudad nueva”: donde por primera vez se escribiera la palabra Qarthadast. Efectivamente; en un lugar cercano a Limassol, la ciudad portuaria del sur de Chipre (hasta hace dos siglos llamada Neapolis), encontraron los arqueólogos, no hace mucho, la prueba documental que necesitaban para confirmar esa hipótesis: una inscripción hecha sobre un trozo de bronce, perteneciente a una copa votiva de la primera mitad del siglo VIII adC.(anterior por lo tanto a la fundación de la Cartago tunecina), que hablaba de una ofrenda que el “gobernador de QartHadast” hacía al dios “Baal del Líbano”.


EN BUSCA DE QARTHADAST

Según todas nuestras informaciones, la “copa de Qarthadast” se encontraba en Chipre.

¿Chipre?; Mariló, nuestra amiga de la agencia puso cara de póker y, después de consultar concienzudamente a su ordenador, nos ofreció un vuelo vía Atenas hasta una ciudad llamada Lárnaca, en la parte greco-chipriota de la isla, donde, según nos aseguró, llegaban los vuelos internacionales. Sin embargo desistimos de reservar habitación en el único hotel que el representante de la agencia en Atenas nos ofrecía: lo que costaba era más de la mitad del presupuesto del que disponíamos para toda la estancia. Glup. ¿Y cómo es que había hoteles así en Chipre?, o más simplemente, ¿cómo es que había hoteles en Chipre?. Vamos a ver; sinceramente ¿qué sabíamos de Chipre?. Reconozcamos nuestra ignorancia. Chipre, capital: Nicosia. Punto.


Moisés Ruiz Cantero. 1997. Lárnaca.  Tumbonas vacías. Malecón. Fortín medieval.

Sábado, 22 de marzo de 1997. Lárnaca, (Chipre). Tenemos sólo dos días para encontrar la inscripción. En esta ciudad balneario, mezcla singular de Oriente y Occidente, sólo algunas parejas de turistas ingleses, bien pertrechados de “parka” y zapatillas relucientes, pasean esta mañana por el palmerado y solitario malecón desde la estatua de Zenón junto al puerto hasta el fortín medieval al otro lado de la bahía, entre hoteles vacíos y una estupenda playa llena de tumbonas vacías. Vamos en busca de Qarthadast, de las huellas de una de las primeras colonias fenicias del Mediterráneo, que es como ir en busca del arca perdida, porque, de momento, por aquí nadie sabe nada de esa primera “ciudad nueva”, madre de todas las Cartagenas y Cartagos de nuestros amores. En Lárnaca visitamos ayer los restos de Kition, la ciudad más antigua de Chipre, ya citada en la Biblia (Kitim, que  dió nombre a la ciudad, era nada menos que bisnieto de Noé), donde se encuentran los restos del templo de Astarté, de donde procedían, según la tradición, las cuarenta prostitutas sagradas que acompañaron a la reina Elisa “Dido” en su particular odisea hacia la bahía de Túnez, donde fundó Cartago, huyendo de las perversas intenciones de su hermano Pigmalión que la quería defenestrar por la vía rápida de sus aspiraciones al trono de Tiro. Esta antigua ciudad fenicia, Kition, es, según algunos investigadores, entre ellos el chipriota Vasos Karageorghis que la estudió en profundidad, una de las posibles localizaciones de la Cartago de Chipre, de la que se habla en las estelas de Delos y en el más antiguo de los documentos en el que aparece escrito ese nombre : “La dédicace a Ba’al du Liban”, una inscripción en bronce perteneciente a una copa votiva con una dedicatoria al dios Baal del Líbano que realizó un tal “gobernador de Qarthadast”, registrada con el número 5 en el tomo Nº 1 del Corpus de Inscripciones Semíticas. Fue encontrada a finales del siglo XIX en Amatus, otro recinto arqueológico de la isla que se encuentra junto a Limassol, ciudad  por la que se decantan actualmente la mayoría de los investigadores. Un dato relevante a favor de esta opción que no puede pasarse por alto, según los que la han estudiado, es que hasta hace dos siglos Limassol se llamó Neapolis. (Pero todo esto lo descubriremos más tarde, y no precisamente en Chipre).


Moisés Ruiz Cantero. 1997. Lárnaca. Templo de Astarté. Sitio arqueológico de Kition.

Así que hénos aquí cual Parsifal, en esta mañana fresca y soleada de marzo, a lomos de un Suzuki constipado y con las riendas a la derecha, que hace la aventura de la búsqueda del “grial” por tierras chipriotas mucho más “emocionante” si cabe. Porque en este lugar del Mediterráneo más oriental se conduce al revés, reminiscencias, seguramente, de la dominación británica de la isla, hasta que la invasión turca de 1974, después de sólo quince años de independencia, la dividió en dos partes enfrentadas, una greco-chipriota, por la que circulamos y otra turco-chipriota, separadas por un nuevo muro de la vergüenza que parte en dos la capital, Nicosia. Vamos hacia Limassol,  porque ni en el museo arqueológico de Lárnaca ni en la fantástica colección de la casa museo Pierides, prototipo de arquitectura clásica chipriota, supieron darnos ninguna información sobre la pieza que buscamos: el anhelado “grial”. Lástima que en la radio de nuestro particular Rocinante (¿cómo se llamaba el caballo de Parsifal?) no suene la ópera de Wagner como banda sonora de esta minicruzada finisecular por las carreteras, en muy buen estado, por cierto, de esta “isla del cobre”, aunque no puede decirse que el rap grecochipriota que suena en radio Nicosia sea menos apabullante, si no tan triunfal como la ópera alemana, sí bastante mestizo, perfecto para acompañar una noche de mar de músicas con una petaca de Metaxa bajo el sobaco.

Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. Amanecer.
Domingo, 23. Limassol. Desde el hotel Continental, en el centro del paseo marítimo de Limassol se divisa un magnífico panorama. Está amaneciendo, y antes de que asome la esfera solar por el horizonte, sobre el mar, el cielo se tiñe de un color rosa violento. Alineados como en una procesión, las siluetas de los barcos mercantes ocupan la línea del fondo mientras que en primer plano se adivina un extraño ir y venir de personas de uniforme entre las palmeras del paseo. Parece como si todos los abuelos de Limassol, en chandal y zapatillas reglamentarias, se hubieran puesto de acuerdo para estirar las piernas a la misma hora, y a buena marcha, malecón arriba, malecón abajo. Además de ellos, y de algún pescador solitario, los únicos seres vivientes que parecen estar despiertos a estas horas son los gatos. Hay cientos de gatos por todas partes, mucho más tranquilos que los abuelos, que se solazan entre las rocas, junto al mar, saludando al sol. ¿Serán éstos, tan pacíficos, descendientes de aquellos famosos gatos a los que se enseñaba a luchar contra las serpientes venenosas en el monasterio de San Nicolás, allí enfrente, en el extremo sur de la bahía de Limassol, junto al cabo de los Gatos?.


Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. La gata de Astarté.

Las calles de la antigua Neapolis están vacías y los negocios, hoy domingo, cerrados. Las barcas del antiguo puerto de pescadores, al final del malecón, reposan tranquilas. El mar es un espejo. No se ve un alma. Aquí detrás está el castillo de Limassol, donde se casó nada menos que ¡Ricardo Corazón de León! con doña Berenguela (la pista del “grial” pasa por Limassol, sin duda). Sabemos que en el Museo Arqueológico se encuentra la mejor colección de los hallazgos de Amatus. De ahí procede, según nos han dicho, la inscripción a Baal donde está la “huella” de esa primera “ciudad nueva”, el enclave fenicio de los comienzos de su expansión comercial y colonial hacia occidente, desde Tiro hasta Cartagena, que inició el rey Hiram I en el siglo X adC. y al que, tres milenios después,  devolvemos la visita. "Embargados por la emoción" nos dirigimos al museo. Somos los primeros visitantes. En la sala de Amatus hay vitrinas con vasos micénicos decorados, ánforas, platos de arcilla roja, monedas de bronce, cerámicas áticas, cráteras helenísticas, figurillas de terracota, etc..., presididas por una cabeza en piedra del dios egipcio Bes. Allí, al fondo, están las inscripciones. Pongo la cámara fotográfica en posición de cargen. Veo por el rabillo del ojo a una señora vigilanta de gafas sentada en un extremo de la sala que me mira raro. Debo tener la ceja izquierda disparada. Se me pone flamígera cuando me "embarga la emoción". Una inscripción silábica dedicada a Androcles, el último rey de Amatus, estelas de mármol con inscripciones funerarias, nada. Ya sé que esto no es una búsqueda profesional, pero nosotros tampoco lo somos. Sólo hay una de bronce, o de algún metal parecido. Puede ser ésta. Nuestro “grial”. Tiene caracteres fenicios. Leemos conteniendo la respiración: “Para...MKRY, hijo de P-..”. ¿Hijo de P-..? La emoción se nos desembarga y se apaga la ceja. Decidimos ir directamente a contarle nuestra historia a la responsable del museo. La perfecta sonrisa con la que nos recibe se va transformando en mueca. Parece que no entiende muy bien nuestro inglés, lo cual es perfectamente comprensible. Finalmente, gracias a que llevo el discurso ensayado, consigo que le vuelva parcialmente la sonrisa. No, no sabe nada de la copa de Qarthadast. Quizás en Kourion. ¿Habéis estado en Nicosia? Quizás en Nicosia.  


Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. Museo Arqueológico.

Pero antes estamos obligados a rendirle una visita a Amatus, a 10 km. de Limassol, a donde se llega por una rectilínea carretera que atraviesa una zona turística de altos vuelos, atestada de hoteles de muchísimas estrellas pegados a la costa, junto a la bahía de Akrotiri. Pisamos el sitio arqueológico de donde procede el topónimo que une a todas las Cartagenas y Cartagos del mundo, cómo no, embargados por la emoción. Es un pequeño recinto, sobre una colina frente al mar, excavado recientemente, donde se ha encontrado material arqueológico de bastante calidad. En 1872, en el monte Sinoas, a unos metros al norte de este lugar, fueron encontradas por casualidad unas piezas de bronce con caracteres fenicios, que el comerciante de vinos y de antigüedades G.N. Lanitis, de Limassol, compró a un chatarrero. Más tarde llegaron a manos de E. Renan, prestigioso arqueólogo orientalista francés que tradujo la inscripción: “..W gobernador de Qart Hadast, servidor de Hiram, rey de los sidonios, ha donado a Baal del Líbano, su señor, una copa de bronce..”, y lo dató como el más antiguo documento fenicio encontrado hasta entonces, anterior a la fecha de fundación de la Qarthadast tunecina. La inscripción estaba incompleta así que nos quedamos sin saber el nombre del primer cartagenero. Pero sí que su nombre terminaba por W. 


Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. Sitio arqueológico de Amathous. Al fondo, el monte Sinoas.

Aquí comienza la Ruta de las Cartagenas y Cartagos del Mundo, que discurre por cuatro continentes y une a dos millones de personas en un mosaico de razas, culturas, paisajes y hechos históricos; doscientas ciudades, pueblos, aldeas, bateys, rancherías, corregimientos, y algunas “ghost towns”, relacionadas por algo tan intangible pero tan poderoso como su nombre. Aquí comienza, en la antigua Limassol, en la primera “ciudad nueva”, entre estas “piedras” blancas que se asoman como desde un balcón al mar Mediterráneo y que recorremos con devoción, casi aturdidos, hasta que la tierra empieza a oler a lluvia y un chaparrón inesperado y bautismal pone colofón al hechizo y a nuestra visita a la madre de todas las “ciudades nuevas”. (El padre es cartagenero, se llama Francisco Ruiz Navarro y para él nos llevamos una piedra blanca de Amatus).


Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. Terracotas en el Museo Arqueológico.

Lunes, 24. Nicosía. Aquí le dicen Nicosía, con acento en la i, y su interés está en la ciudad antigua, dentro de un recinto amurallado veneciano en forma de estrella de once puntas, del siglo XVI, lleno de callejuelas repletas de cafés, tabernas y pequeñas tiendas para turistas, y también de monumentos, iglesias y museos interesantes pero dividido en dos por una sucia alambrada que separa a las dos civilizaciones que se disputan Chipre, y casi el mundo. El Museo Arqueológico, sin embargo, está fuera de las murallas, muy cerca de la plaza Elefteria, el auténtico corazón de Nicosía, junto a la muralla de Ávila. Es un poco tarde y hoy tenemos que coger el vuelo de regreso a España en Lárnaca. Vamos directamente a hablar con la arqueóloga del Museo porque el director está en Kourion, justamente de donde venimos nosotros. María nos recibe, nos escucha, nos atiende, nos acompaña a la sala de inscripciones fenicias y a la Biblioteca del Museo a consultar el Corpus de Inscripciones Semíticas. Pero la clave está en el número con el que está registrada la pieza, y no conocemos esa clave.


Dédicace a Ba´al du Liban. 6 fragmentos de pátera de bronce, Nº2291 Cabinet des Medailles. Bibliothèque Nationale de París. Inscripción nº5 del Corpus de Inscripciones Semíticas I.


Jueves, 25. Cartagena.  BNP-2291 (el borracho). ¡La hemos encontrado! La copa de Qarthadast está en París. Haciendo “links” por publicaciones especializadas nos acercamos a nuestro objetivo. Finalmente, gracias a los buenos oficios de Miguel Martín Camino, dimos con la clave: Nº 2291 “Cabinet des Médailles”, Bibliotèque Nationale de París. A la semana siguiente estábamos delante de Irène Aguion, directora del Gabinete. La pieza no estaba expuesta pero nos abrió una carpeta y allí estaban las fotografías de la “Dédicace a Ba´al du Liban”, CIS I,5 (1). Seis imágenes de los trozos de una copa de bronce donde está escrita por primera vez la palabra “Qarthadast”. Un “grial” en toda regla para añadir a la colección de iconos patrios, junto al submarino, el asiático y la bandera del Cantón. Y puede tener su liturgia, porque a semejanza del copón cristiano, éste, pagano, invoca al padre del panteón fenicio, Baal, y no sería raro que hubiera contenido la sangre de algún sacrificio, a los que nuestros antepasados eran bastante aficionados.

 Y la lista de “ciudades nuevas” siguió aumentando: Cartago, Cartagonova...Hoy conocemos más de doscientas.

(1) Para más información:
E. Lipinski .”La Carthage de Chipre”. Studia Phoenicia, Orientalia Lovaniensia Analecta, Nº 15. 1983.
E. Renan. “Note sur huit fragments de patères de bronze portant des inscriptions phéniciennes très anciennes”, Journal des Savants, 1877.
O. Masson y M. Sznycer. “La dédicace a Ba´al du Liban (CIS I,5) et sa provenance probable de la région de Limassol”. Semitica, Nº 35, 1985.

También puede visitarse la entrada La Copa de Qarthadast en este blog, donde aparece la traducción completa de la inscripción de manera más detallada.

   
Moisés Ruiz Cantero. 1997. Lárnaca.

Moisés Ruiz Cantero. 1997. Lárnaca. Camino de Kition.

Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. Antiguo varadero.

Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol.

Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. El horizonte fenicio.

Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. Paseo al amanecer.

Moisés Ruiz Cantero. 1997. Limassol. Puero viejo.




TÚNEZ
(febrero 1996)
Carthage, ciudad histórica.
(Carthage, 35º55´N10º11´E)


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Rue Hannibal. Cartago. Túnez.

  Nuits de Carthage

   “La luna se alzaba al ras de las aguas y sobre la ciudad aún cubierta de tinieblas brillaban algunos puntos luminosos y claridades como la lanza de un carro en un patio, algún harapo suspendido, el ángulo de un muro, un collar de oro en el pecho de un dios. A lo lejos, de vez en cuando, la humareda de algún sacrificio, ardiendo aún, se escapaba por el tejado de bronce, y la densa brisa llevaba, con sus diferentes perfumes, los olores del mar y las emanaciones de las murallas recalentadas por el sol. En la cumbre de la Acrópolis los cipreses piramidales que bordeaban el templo de Eschmun, balanceábanse produciendo un murmullo como el de las olas batiendo levemente la escollera en la parte baja de las murallas. Salambó subió a la terraza de su palacio, ayudada por una esclava que, en un plato de hierro, llevaba carbones encendidos. En el centro de la terraza había un pequeño lecho de marfil, cubierto de pieles de lince y cojines de plumas de papagayo, animal fatídico consagrado a los dioses. Y en cada uno de los cuatro ángulos se elevaban pebeteros, repletos de nardos, de incienso, de cinamomo y de mirra. La esclava prendió fuego a los perfumes. Salambó miró a la estrella polar y, saludando lentamente a los cuatro puntos cardinales, se arrodilló en el suelo sobre los polvos de azur sembrados de estrellas de oro, a imitación del firmamento...” (1)

   Dos mil quinientos años después, año más año menos, el fragor de la música procedente de la fiesta que se desarrolla en el “salón púnico” del hotel Reina Dido impide oir el murmullo de los cipreses piramidales que, desde la terraza de la habitación nº 18, abierta en lo alto del Byrsa, sobre el mismo lugar donde se emplazaba el templo de Eschmún, siguen bordeándolo y balanceándose como las olas que se adivinan a lo lejos en un “marco incomparable”. Estamos en Cartago, la patria de algunos de nuestros héroes más queridos de la infancia, Aníbal el Rayo, cara de Baal, su padre Amílcar, siervo de Melkart, los siniestros sacerdotes de Moloch, sediento de sacrificios humanos y la bella Salambó, guardiana del velo de Tanit, que de manera tan magistral retratara Flaubert en el marco histórico de la guerra de los mercenarios. Estamos en una ciudad recuperada felizmente, patrimonio de la humanidad, una “ciudad nueva” rescatada del olvido y de aquel tristemente famoso Delenda est Cartago, que con tanta saña puso en práctica el Imperio romano. 


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Tríptico. Sobre el mar. Cartago. Túnez.

    Pero Cartago ya había sucumbido muchos siglos antes de que la iluminara la estirpe Bárcida. Como siempre, de igual forma que en la Biblia fue Eva nuestra perdición, esta vez fue la apostura del bello Eneas la que dejase a la reina Elissa desasosegada, con su rostro y sus palabras clavadas en su corazón y una inquietud que no permite un plácido reposo a sus miembros(2), al embarcar rumbo a Italia para fundar Roma, la prepotente, la que terminó, 800 años más tarde, con Cartago, la “ciudad nueva”, la capital del imperio de los hombres de la cabeza roja. La historia de Cartago, inmensa y trágica, está asociada desde la leyenda al destino de esa mujer excepcional: Elyssa, la heroína de la Eneida, aspirante al trono de Tiro y esposa de Hacerbas, gran sacerdote de Melqart, que temiendo por su vida  huye de Tiro cuando un sueño le advierte del asesinato de su marido a manos de su hermano Pygmalión. Con los tesoros del templo de Melkart, gran parte de los senadores y 40 prostitutas sagradas del templo de Astarté de Kition pone rumbo al oeste y tras una larga travesía que le vale el sobrenombre de Dido (la errante), llega hasta una península rodeada de mar y unida al continente por un itsmo y unas colinas difíciles de franquear, lugar propicio donde funda Qart-Hadast. Llegan los fenicios a un acuerdo con los nativos para adquirir un terreno del tamaño de una piel de buey (byrsa), que ellos dividen astutamente en finas tiras con las que consiguen contornear un gran territorio. En el bosque sagrado a los pies de la colina del Byrsa encuentran una cabeza de caballo, símbolo de potencia y augurio favorable, que será su emblema. Y para redondear la leyenda se arroja nuestra heroína a la pira sagrada antes que traicionar a su ciudad y a su amor por Eneas, el héroe troyano que se cruzó fatalmente en su camino, como después se cruzaría Roma en el destino fatal de Cartago.


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Tríptico. Caballo y palmera. Monedas compradas en Cartago. Cartago. Túnez.
   
 Las noches de Cartago, en este mes de febrero, últimos días del Ramadán, son tranquilas y luminosas y huelen a una  mezcla dulce de chocolate y “cinamomo” con una nota de pimienta que alegra la nariz. Al menos así es el aroma de uno de los doscientos perfumes que Ahmed nos ofrece en un bazar de Sidi Bou Said, y que bajo ese exótico nombre, “Nuits de Carthage”, no tenemos más remedio que comprar por unos dinares después de regatear amigablemente en varios idiomas y en ninguno durante más de media hora, y que se convertirá en el aroma evocador de la más famosa de las “ciudades nuevas” . Sidi Bou Said es un precioso pueblecito blanco y azul encaramado sobre una colina que se adentra en el mar, el cabo Kamart, límite norte de la antigua Cartago púnica. Desde allí partían sus famosas y casi infranqueables murallas triples hasta el itsmo que, cerca de la acrópolis del Byrsa, el verdadero centro de la megalópolis fenicia, cerraba y protegía eficazmente la ciudad de vecinos molestos o mal avenidos.

   De aquella gran potencia marítima y comercial,  mítica ciudad que resuena en la historia con el nombre de los Barca, - la estirpe del león - y con los de sus dioses Tanit, Eschmún, Melqart y el perverso Baal-Hamon, de aquella ciudad destruida totalmente por Roma tras la tercera guerra púnica haciendo por fin realidad la siniestra e insistente consigna de Catón, queda ahora una pacífica villa residencial de chalés adosados junto al mar, el mismo mar de entonces, pero que bate hoy sobre un soleado lugar repleto de vestigios arqueológicos, donde vive gran parte de la burguesía y de los altos cargos de la sociedad tunecina. Incluso el primer ministro tiene su palacio sobre el cabo Cartago, en una colina sobre la que dicen que tenía el suyo Amílcar, el gran nombre histórico, el estratega y jefe de la casa Bárcida.
   
Moisés Ruiz Cantero. 1996. Termas de Antonino; al fondo, palacio del primer ministro. Cartago. Túnez.
   
Parece realmente nueva, esta penúltima, pero sin duda más famosa “Ciudad Nueva”, después de dos mil quinientos años. Simplemente ha habido alguien que se lo ha tomado en serio y ha rescatado la historia de debajo de las piedras y restituído la memoria de las distintas generaciones que ahora lucen sus restos, limpios, ordenados y bien expuestos a la vista de los muchos interesados que los visitan ayudando así a mantenerlos. Aquí hubo suerte y buena visión y llegó la Unesco en 1974, con dinares frescos y un equipo de 600 arqueólogos de diez países, a tiempo de recuperar lo que quedó de aquella civilización que a punto estuvo de dar un vuelco a la historia de Occidente, y de los posteriores estratos culturales e históricos sobre los que se edificó esta comunidad tan nueva y tan antigua, tan única e interesante. Túnez, la capital, está sólo a 15 km. y muy bien comunicada, probablemente por la mejor autovía del país, que circunvala el lago de Túnez, entre ambas ciudades, y por otra vía más modesta que, paralelamente a la línea del tren TGM, atraviesa el lago. Allí están los centros de trabajo, el bullicio, la agitación, los zocos multicolores de la medina, la vida de una urbe moderna: Cartago es para el descanso del guerrero que se lo puede permitir.

   Nada altera el apacible paseo por esta ciudad, tan distinta a la que hemos imaginado a través de los relatos y las descripciones de los escritores antiguos. Nada de esos altos palacios y templos, del bullicio de los barrios de todo tipo de gremios, de los soldados, mercados, mercenarios, gentes de todos los colores y pelajes y mercancías de todos los olores y países. Nada de aquella metrópolis  en la que el trasvase de ideas de las personas de diferentes latitudes que acudían al lugar donde se cocía todo en el Mediterráneo de hace casi 30 siglos, convirtió en la perla más codiciada. Hoy Cartago es una tranquila ciudad que se despereza del olvido y nos muestra, orgullosa, su pasado y su magnífico presente, bendecida por el mismo sol y el mismo mar que antaño la vió crecer y que Roma no le pudo arrebatar.


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Panorámica de Cartago desde el Byrsa. En primer plano, restos de la ciudad púnica. Cartago. Túnez.
   Desde el mirador que se extiende en lo alto del Byrsa delante de la catedral de San Cipriano y San Luis, que corona la ciudad, se divisa una magnífica panorámica de Cartago.Tapizada de un manto verde de acantos, cipreses, palmeras y eucaliptos que llega hasta el mar, invita a un tranquilo recorrido entre sus abundantes recintos arqueológicos, emocionantes para todos los amantes de las “piedras” y de la historia que aquí se fraguó: los dos puertos interiores, el comercial y el militar, el tofet, las recientes excavaciones de habitáculos púnicos justo aquí mismo, junto al Museo Arqueológico, el Teatro de Adriano y el Anfiteatro de los Mártires junto a las 15 cisternas de La Malga, las villas romanas de la Volière, los impresionantes restos de las termas de Antonino y el quartier Magón, ambos junto al mar. 


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Restos del antiguo puerto militar. Islote del Almirantazgo, en el centro. Cartago. Túnez.
   
   Bajando por la calle Aníbal se llega al lago circular que antaño fue el mejor puerto militar del Mediterráneo. Tenía una capacidad para más de doscientos navíos de guerra, fuerza disuasoria sin igual, que aseguró la expansión comercial cartaginesa por toda la “Oikumene”. En el Islote del Almirantazgo, en el centro del lago, donde se encontraba el edificio principal, se expone una maqueta impresionante del antiguo puerto. Ahora, el lago, de aguas de un intenso azul y verde, está ocupado por las barcas de los pescadores y los gatos que acuden a su reclamo. Cerca, también en el reino de los felinos, en el lugar donde se alzaron los templos de Tanit y Baal Hammon se encuentra el Tofet, santuario púnico recientemente excavado en el que se ha encontrado un osario con restos de más de 20.000 niños, sacrificados, según aseguran algunos, para invocar augurios favorables o para aplacar las iras del terrible Baal-Hamón, el Zeus púnico. Un poco más allá, un vendedor de monedas me ofrece, como un  tesoro, un siqhlu “auténtico”, con caballo, palmera y cabeza de Tanit, por 10 dinares, unos 7 euros, que, finalmente, tras un interminable regateo me coloca por 1 dinar, lo cual no deja ninguna duda sobre su autenticidad. La misma que la de las lámparas de aceite o figurillas de barro que salen misteriosas de debajo de las chilabas por todas las esquinas. En cualquier caso son un bonito recuerdo de esta y de aquella ciudad que fue Cartago, y al menos no llevan la marca “Taiwan” por ninguna parte.


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Tofet. Cartago. Túnez.

    A la hora del almuerzo, nada mejor que tomarnos algo en la pizzería “Carthagena”. Pero estamos en el penúltimo día del Ramadán y está cerrada. Por indicación de Nedra Fediri, la estupenda guía que nos acompaña en esta visita a Cartago gracias a los buenos oficios de Ferid Fetni, agregado del Ministerio de Turismo de Túnez en España, nos acercamos hasta el restaurante del hotel Amílcar, donde podemos saborear algunas delicias, una “chorba huot”, sopa tunecina de pescado, unas “briks”, empanadillas fritas de atún y espinacas y unos platos de “chekchuka”, receta nacional a base de tomate, pimiento, ajo y huevo frito encima. Sabroso. Para hacer la digestión, nada mejor que un paseo por el barrio popular de La Goulette, al sur de Cartago, con algo más de bullicio. Pero el bullicio está en Túnez, a 15 km. En el tren TGM nos acercamos a la capital. Subiendo por la avenida Habib Bourguiba después de atravesar la puerta Bab Qartagenne se entra en el animado zoco de Túnez. Comparado con la tranquilidad de Cartago esto parece otro mundo y otro tiempo. Se trata de la medina más grande y mejor conservada del país, un lugar abigarrado de colores, olores y sabores, lleno de callejuelas atestadas de gente que desembocan en la Gran Mezquita omeya del Olivo, la más antigua de Túnez. Todo se compra y todo se vende en el zoco de la seda, el de los perfumes, el de los tejidos y el antiguo mercado de esclavos, en un animado ir y venir de gentes que parecen hablar todos los idiomas y que te embaucan de la forma más sublime y sibilina para intentar venderte todas las veces la misma alfombra.


Moisés Ruiz Cantero. 1996. Mosaico romano. Villas de La Volière. Cartago. Túnez.
  
    Desde el privilegiado mirador de la habitación Nº 18 del hotel Reina Dido, al caer el sol, aúllan en una sinfonía alucinante los perros de Cartago, acompañados desde el fondo por el coro inconfundible de las olas. De repente callan, y como un aria pausada comienza a lo lejos el canto del muecín llamando a la oración desde la mezquita del sur, junto al distrito Salambó de la antigua QartHadast.  Uno puede imaginarse a la gran sacerdotisa de Tanit bajando pausadamente desde el templo de Eschmún, donde guardaba el velo sagrado de la diosa que Flaubert quiso que robara el libio Matho desencadenando así aquella guerra con los mercenarios que a punto estuvo de arruinar a la orgullosa Cartago. 

    “El palacio se iluminó de pronto en la terraza más alta; la puerta central se abrió y una mujer, la hija de Amílcar, cubierta de negras vestiduras, apareció en el umbral. Descendió el primer escalón, luego el segundo y el tercero y se detuvo en la primera terraza, en lo alto de la escalera de las galeras. Inmóvil, y con la cabeza baja, contempló a los soldados.
Detrás de ella, a ambos lados, se alineaban dos filas de hombres pálidos, vestidos con túnicas blancas con franjas rojas que caían rectamente sobre sus pies. No tenían barba, ni cabellos, ni cejas. En sus manos centelleantes de anillos, llevaban enormes liras y cantaban con voz aguda un himno a la divinidad de Cartago. Eran los sacerdotes eunucos del templo de Tanit, a quienes Salambó llamaba frecuentemente a su palacio.
La joven descendió por fin la escalera de las galeras. Los sacerdotes la siguieron. Avanzó por la avenida de los cipreses y marchó lentamene, entre las masas de los capitanes que retrocedieron un poco mirándola pasar.
Su cabellera salpicada con un polvo violeta, y peinada en forma de torre según la moda de la vírgenes cananeas, la hacía parecer más alta. Trenzas de perla pegadas a sus sienes descendían hasta las comisuras de sus labios, rojos como una granada entreabierta.Tenía sobre su pecho un conjunto de piedras que centelleaban y que, por su abigarrado aspecto,semejaban las escamas de una murena . Sus brazos, adornados con diamantes, surgían desnudos de su túnica sin mangas, constelada de flores rojas sobre un fondo completamente negro. Llevaba prendida a los tobillos una cadenita de oro para regular su marcha y su gran manto de púrpura oscura, cortado en una tela desconocida, arrastraba por detrás de ella, simulando una ancha ola que la seguía...(3)

¿Fueron los fenicios, también, los inventores de las procesiones?..

(1), (3).    Salambó. G.Flaubert.
(2).           La Eneida. Virgilio.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Distrito Salambó. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Díptico. Ecos púnicos. Rue Hannibal y Estación del TGM. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Pescador en el antiguo puerto militar cartaginés. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Díptico. Villa romana de La Volière. Columna en Termas de Antonino. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Estelas en la entrada al Tofet. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Restos del acueducto. Al fondo, Basílica de San Miguel. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Tríptico. Busto romano. Ventana. Estela del Tofet con símbolo de Tanit. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Díptico. Termas de Antonino. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Díptico. Tofet. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Toilettes. Cartago. Túnez.

Moisés Ruiz Cantero. 1996. Fútbol entre columnas corintias. Cartago. Túnez.





Fotografías: © Moisés Ruiz Cantero.
Todos los derechos reservados.


moisesruiz.sf@gmail.com 


2 comentarios:

  1. Que buenas fotos, gracias por publicarlas.
    Un abrazo desde México

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  2. Entre en un hermoso estado de nostalgia al ver tantas fotos de mi Cartago querido, le agradezco muchísimo el habernos dado la oportunidad de revivir nuestra historia y nuestros recuerdos .

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