Foto 0




En el discurso tras la entrega del Premio Cervantes 2004, Rafael Sánchez Ferlosio cita, entre otros, a Walter Benjamin y a su obra "Destino y Carácter", en la que el filósofo alemán diferencia entre las personas “de carácter” (aquellas cuyas acciones no tienen finalidad) y “de destino” (aquellas que piensan que están en el mundo para  cumplir una “misión”). Casi todos tenemos algo de los dos tipos, pero actualmente, si hacemos una transposición al mundo de la Fotografía, parece que hay una tendencia hacia la fotografía “misionera”. Sobre todo desde que los “artistas”, recién aterrizados desde ámbitos ajenos a la Fotografía, han tomado por asalto las “grandes superficies” expositivas empleando este medio sin complejos (ya era hora).

Hay grandes fotógrafos, como Salgado, Fontcuberta o, más cercano, Cortils, que, para mí, devalúan su trabajo cuando intentan justificarlo con argumentos más o menos trascendentes (que no creo que le hagan falta), discursos “profundos”, a menudo de sintaxis incomprensible, jerga indescifrable o, peor, con alardes poéticos de chichinabo. Es el fotógrafo que pretende moralizar, instruir, denunciar cosas o salvar el mundo, constructor de complejos e impecables entramados fotográficos acompañados del consabido sermón pelmazo. Hay otros que nos catequizan con el mismo discurso grandilocuente para darle alguna sustancia a unas imágenes anodinas, eso sí, de grandísimos formatos; tambien pulula el fotógrafo mercenario, el que se nutre fotográficamente de las miserias ajenas o del “exotismo” de lo diferente, con unas fotos tan formalmente estupendas como agotadoras. Y los buscadores de "aura conferida", de esas imágenes como de otro tiempo que a todos nos parecen tan seductoras como la de los álbumes de fotos de nuestros abuelos.
Cartier Bresson es, seguramente, uno de los dos o tres mejores fotógrafos de la historia, pero su concepto del “momento decisivo”, esa supuesta “invisibilidad versus objetividad”, agazapado  de camuflaje gris 18% en una esquina a la espera de la confluencia astral de la imagen perfecta, me parece no sólo agobiante sino falso. Para mí que no existe la “objetividad”; que la “realidad” que se fotografía sería distinta si el fotógrafo no estuviera, pero que su presencia la “completa”, es decir, que transforma la realidad en realidad.

Quizá lo más parecido a la objetividad sea la involuntariedad, y de ahí esta incursión “misionera”, mi “gran aportación teórica” al mundo de la fotografía “objetiva”, con una colección o “trabajo”, otro concepto que no me gusta, de fotos anodinas, pero de gran formato (1x2 m2), de lo que yo llamo “foto 0” (por darle un nombre rimbombante): la que se hacía disparando de manera gestual para preparar el negativo (esa cosa tan exótica y anacrónica) para la primera foto efectiva o “voluntaria”.

Moisés Ruiz. Foto 0. 1988-1998. Bloomingdale´s.

Moisés Ruiz. Foto 0. 1988-1998. Moma.

Moisés Ruiz. Foto 0. 1988-1998. Fifth Av.

Moisés Ruiz. Foto 0. 1988-1998. Lower Esat Side.

Moisés Ruiz. Foto 0. 1988-1998. Maria/ Bayo.

Moisés Ruiz. Foto 0. 1994-1998. Rethymon.

Moisés Ruiz. Foto 0. 1994-1998. Rodas.





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Fotografías: © Moisés Ruiz Cantero.

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