La Unión-Teotihuacán




Fue una idea de 1997 realizada en 2007, para La Mar de Músicas dedicada a México. Doce dípticos de formato grande en los que se comparaban los paisajes mineros de La Unión con los perfiles y tipologías de las pirámides de distintas culturas precolombinas mexicanas. La idea había surgido ante el paisaje y las estructuras de Teotihuacán, que me recordaron inmediatamente las terreras de la sierra de La Unión que tantas veces había visitado.


Se editó este catálogo. Pinchad para verlo a pantalla completa.




Invitación. Puñal azteca para los sacrificios. Museo del Templo Mayor. México DF.

Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Teotihuacanos. Pirámide del Sol.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Mayas. Juego de pelota, Chichén Itzá.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Zapotecas. Monte Albán. Plataforma Norte.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Teotihuacanos. Pirámide de la Luna.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Aztecas. Tenochtitlán. Templo Mayor- Etapa III.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Olmecas. Cabeza Olmeca. Museo Nacional de Antropología.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Mayas. Templo de los guerreros. Chichén Itzá.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Toltecas. Tula. Pirámides ByC y Palacio Quemado.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Teotihuacanos. Fragmento de disco de la fachada del Templo del Sol.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Totonacas. El Tajín.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Mayas. Palenque. Templo de las Inscripciones.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. Mayas. Cenote mayor de Chichén Itzá.


Moisés Ruiz Cantero. La Unión-Teotihuacán. 1997/2007. El Castillo de Chichén Itzá. La noche en la Sierra Minera.


El Rajao. Sierra Minera de La Unión. 2007.
La sierra minera, que arranca de Cartagena y va a dar al mar de Cabo de Palos que es el morir, ofrece la riquísima gama, casi de paleta de pintor, de sus ocres, malvas, bermellones... Grises de la galena, rojos de las calaminas, negros de lpos óxidos de manganeso, marrones de las tierras de estaño, amarillos de los sulfuros de hierro, de lentejuelas doradas, como para la falda de Antonia la Cachavera; de pajizos de interior de calabaza, de los óxidos de hierro, donde también se abren los rojos ígneos de sangre palpitante, de púrpura de rubí...
Ábsides pétreos, mondas y lirondas lomas sobre las que alguna vez puede pastorear, sin embargo, el tomillo, el palmito de redondo limbo, como un abanico pericón; el báculo episcopal de la pita... Piel de la Historia. Aquí la bocamina conduce a los largos pasillos subterráneos que conocieron el peso de Fenicia, Cartago, Roma...

Asensio Sáez, Libro de La Unión.



Palenque (México). Grupo C. 2007.
“Desde hacía cuatro días, la selva. Desde hacía cuatro días, campamentos cerca de los poblados nacidos de ella [...], del suelo blando, semejantes a monstruosos insectos; descomposición del espíritu en esa luz de acuario, de un espesor de agua. Habían encontrado ya pequeños monumentos derruidos, con las piedras apretadas por las raíces que las fijaban al suelo como patas que ya no parecían haber sido erigidos por los hombres, sino por seres desaparecidos, habituados a esa vida sin horizontes, a esas tinieblas marinas. Descompuesta por los siglos, la Vía solo mostraba su presencia por esas masas minerales podridas, con los dos ojos de algún sapo inmóvil en un ángulo de las piedras. ¿Eran promesas o rechazos aquellos monumentos abandonados por la selva como esqueletos? ¿La caravana alcanzaría por fin el templo esculpido hacia el que los guiaba el adolescente que fumaba sin cesar[...]? Deberían de haber llegado hacía ya tres horas... Sin embargo, la selva y el calor eran más fuertes que la inquietud [...]. Las sombras se hinchaban, se alargaban, se pudrían fuera del mundo en que el hombre cuenta, que le separaba de sí mismo con la fuerza de la oscuridad. 
Y por todas partes, los insectos” .
    
André Malraux, La Vía Real.



Ahora el paisaje cercano, conocido, de la sierra minera de Cartagena adquiere una nueva dimensión a la luz de Kukulkán. El paisaje inverosímil de montes de estériles mineros, restos de piritas, galenas, almagras, pequeños lagos de intensos colores tintos y morados, palmeras recortándose sobre fondos de paredes de reflejos metálicos cambiantes según la incidencia de la luz y castilletes mineros que dominan el paisaje como testimonio de otros tiempos en los que buscaron la riqueza de esta sierra hasta casi darle la vuelta… Ese paisaje de las minas de La Unión, esencializado, adquiere una insospechada relación con las ciudades perdidas de los mayas en la península del Yucatán. Aunque fueron concebidos para fines que van mucho más allá de lo formal, de acuerdo con una intención simbólica cosmológica, cabe no obstante una interpretación puramente estética para los antiguos edificios de los mayas. Una  interpretación que necesariamente tiende a esencializar las formas de una arquitectura ya de por sí geométricamente depurada. 



Tampoco es posible encontrar el más mínimo atisbo de una voluntad artística en la generación del paisaje minero, fruto de una iniciativa que radica no ya en interpretaciones simbólico – cosmológicas sino en el pragmatismo de la explotación económica capitalista. Pero la naturaleza estética no se encuentra tanto en el objeto como en la mirada del observador. Es en este punto donde encontramos el nexo de unión entre las ruinas mayas y el paisaje minero. Y en la mirada del fotógrafo, como nuevo sacerdote de la sugestión, recae la responsabilidad de hacernos dar el salto desde un paisaje de deshechos a esa otra dimensión que sólo era visible para los iniciados. Acaso no sea casualidad que el monte de las Cenizas esté coronado por una batería militar a la que se accede por un pórtico al estilo de Chichén Itzá, custodiado por Kukulkán, la serpiente emplumada que abre sus fauces sobre la tierra mientras sostiene el cielo con los crótalos de su cola. La pirámide como símbolo de la montaña, esencializada en pirámide nuevamente, lugar del altar para los sacrificios humanos de aquellas víctimas pintadas de azul – el misterioso azul maya – y lugar desde el que obtener los dones de los dioses, al menos de aquel dios local, Aletes, descubridor de las minas  de plata que tanto codiciaron cartagineses y romanos. El altar del sacrificio, del sacrificado trabajo de las 40.000 almas que, según Estrabón, se esforzaban a diario en buscar las ofrendas para el águila de Roma. Cenotes de aguas cristalinas que albergaron las ofrendas preciosas y pozos de aguas tintas, moradas, amarillas, rodeados por las paredes escalonadas de las cortaduras mineras.
Pirámides truncadas, conos geométricos, escalinatas, lagos ocultos, altares y castilletes,  pilares y chimeneas, cabezas de piedra y piedras sin más. Busca la esencia… y las apariencias.

(fragmento del texto de José Francisco López "Esencia maya, corazón de almagra" que aparece en el catálogo, donde hace referencia a esta parte de la exposición. El texto completo, en la página siguiente: Los papeles de México).

Nota: La exposición constaba de dos partes diferenciadas: "La Unión-Teotihuacán", los dípticos que aparecen en esta entrada, y "Los papeles de México" donde se reconstruían, siglo y medio después, algunos de los dibujos que realizó Frederic Catherwood de las ruinas mayas, que ilustran el libro "Incidentes de viaje en Yucatán" de su compañero John Stephens (1843).


El Caribe en Tulum. 2007.

Y los dos textos "oficiales" del catálogo.



Todos reconocemos grandes dosis de creatividad en las fotografías del cartagenero Moisés Ruiz. Su experiencia en el campo fotográfico permanece en proyectos como Las Cartagenas y Cartagos del mundo  que le han llevado a ser, entre otras cosas, un gran conocedor de la realidad de Sudamérica. Este mes de julio Cartagena ofrece sus fotografías en el marco de La Mar de Músicas con Méjico como país protagonista. Moisés Ruiz presenta un proyecto en su línea de gran experimentador del arte fotográfico al establecer un paralelismo entre el paisaje arqueológico de Teotihuacán y la  Sierra minera de la Unión. 
Una mirada particular, a la que se añade la riqueza de los recuerdos e impresiones personales, que lleva a ver similitudes  entre la imponente Ciudad de los Dioses, con el misterio que envuelve a las pirámides de El Sol y La Luna y  los perfiles de una sierra minera que otrora fue fuente de riqueza y crecimiento para toda la comarca de Cartagena. Hay que agradecerle a Moisés Ruiz una vez más su visión atrevida y transgresora que nos une con Méjico, saltándose los límites de la realidad con la fusión en una imagen única de dos paisajes tan distantes como el minero de la Unión y Portmán y el arqueológico de Teotihuacán.


Pilar Barreiro Alvarez
Alcaldesa de Cartagena





La Fundación Cajamurcia colabora, al igual que en años anteriores, en la nueva edición del Festival Mar de Músicas, organizada por el Ayuntamiento de Cartagena, y que suma cine, arte y literatura a la ya conocida oferta musical. En esta decimotercera edición del festival, que intenta mostrar el gran gigante cultural que es México, el Centro Cultural de Cajamurcia acogerá la exposición La Unión-Theotihuacán, Los papeles de México, del cartagenero Moisés Ruiz. 

El autor descubre en esta muestra fotográfica un singular paralelismo entre el Méjico que exploraron los aventureros del siglo XIX y algunos de los paisajes mineros de La Unión. Una sucesión de imágenes que nos recuerdan las lecturas juveniles de selvas misteriosas y tesoros escondidos,  aparecen junto a orografías muy similares captadas en esta sierra minera, plagada de pozos y castilletes. Con La Unión-Teotihuacán. Los papeles de México, el fotógrafo cartagenero, nos ofrece una asombrosa selección de imágenes, que nos sitúan más cerca de lo que creemos del país azteca. 

Moisés Ruiz nos muestra su faceta aventurera y dos de sus pasiones: los viajes y la fotografía, aficiones que ya le han reportado numerosos premios. El fotógrafo nos ofrece ahora una visión de un Méjico olvidado que contrasta con el actual lleno de turistas. Para ello, se vale de los grabados de uno de los pioneros de la arqueología maya, Frederick Catherwood, y los compara con sus fotografías, realizadas en los mismos lugares que reprodujo el dibujante, tal y como se encuentran hoy en día. En esta ocasión, Moisés Ruiz realiza un  tratamiento fotográfico de las imágenes para que se asemejen en su aspecto al grabado antiguo. El resultado es sorprendente.

Con esta relación de concordancias que aúna lo antiguo con lo actual y lo lejano con lo cercano, el fotógrafo nos invita a una reflexión sobre nuestra percepción de las cosas y de cómo se puede transformar un paisaje si se abre el corazón y se deja regresar al niño que todos fuimos alguna vez. Moisés Ruiz nos ofrece un billete para un insólito viaje a través del tiempo y el espacio, con la magia del mundo azteca como singular destino.


José Moreno Espinosa
Director de la Fundación Cajamurcia




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Fotografías: © Moisés Ruiz Cantero.
Todos los derechos reservados.

















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